viernes, 16 de diciembre de 2016

EDUCACIÓN EN LA FORTALEZA


            Probablemente en todos los periodos, prehistóricos o históricos de la vida del ser humano, aparecieron momentos duros en su vida. Si nos fijamos en la formación de Roma, especialmente desde la época de Julio César hasta el día de hoy, fueron sucediéndose  tiempos difíciles con otros de algo de más sosiego. La actual que se vive en el mundo,  también lo es. Por eso estos tiempos necesitan de hombres y mujeres fuertes. Efectivamente, fortaleza es lo que precisa esta época.

            Solamente mediante una educación en la fortaleza, podemos aspirar a la excelencia en gran cantidad de aspectos de la vida de este comenzado siglo.

            Seguramente que nos podemos acordar de Pericles, Demóstenes, Cicerón, o por acercarnos a nuestro siglo, al Parlamento húngaro que recientemente nos ha ofrecido un ejemplo de fortaleza y sentido común con la aprobación de su nueva Constitución, por no recurrir a la memoria de Konrad Adenauer (Canciller de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial), Alcide di Gasperi (Ministro y Presidente del Consejo de Ministros de Italia) y Robert Schuman (varias veces ministro de Francia).Tres grandes políticos de la segunda mitad del siglo XX,  a los que se considera fundadores de la Europa actual.

                        La fortaleza que deseamos nos impulsará a amar el mundo que tenemos, también lo defectuoso que iremos encontrando, pero con el compromiso de transformarlo. ¿Cómo? Con la aplicación de la vida a lo bueno, a lo justo y a lo verdadero. Amar a este mundo, es entregarse con ardor a la conquista del bien.

            No viene mal, que alguna vez echemos la mirada a los valores grecolatinos que han venido siendo pilares básicos de una buena educación. Millán Puelles ofrecía un apunte interesante: “la diferencia entre el ser educado y el no educado, decía, es semejante a la que existe entre lo perfecto y lo imperfecto”. Y Richard Hermstein y Charles Murray afirman: la educación debe lograr algo más que pericia técnica. Debe tratarse de una educación que estimule la sabiduría y la virtud a través del ideal de la persona educada. Poco cambiará hasta que los educadores no asuman de nuevo este aspecto.

            Todos los años, una vez finalizado el curso, las autoridades educativas  conceden los Premios extraordinarios de Bachillerato a un numeroso  grupo de jóvenes. Otras instituciones, premio de  Reconocimiento a los alumnos que han conseguido la excelencia. En ninguno de esos casos, esos chicos y chicas han merecido tales distinciones debido solamente a un excelente cociente intelectual, que seguro que lo tienen. Junto a tal capacidad, en todos ellos ha brillado notablemente la fortaleza que han aplicado a sus estudios y trabajos. Pues bien, recordémoslo una vez más: con la fortaleza no se nace, se adquiere por educación.

            Hemos conocido épocas en las que  los valores educativos procedían de la tradición cristiana. Eran la defensa y promoción de la dignidad humana, del valor de la razón, la libertad y la verdad, entre otros. Eran elementos colaboradores a la pluralidad de un país o de una sociedad. La pluralidad es positiva, sin ella no es posible la libertad, ni la educación. Y no olvidemos, que educar es introducir  a una persona en la realidad y se llega  a la realidad a través de la verdad. Es más, el hombre libre es el que se compromete con la verdad, como dice Carlo Caffarra: Somos un gran deseo (de justicia, de verdad, de amor…) cuya realización está confiada a nuestra libertad.

            Y todo ese panorama solamente la realizarán los hombres y mujeres fuertes. La fortaleza no es solamente la capacidad de resistir. Es también, la energía para proponer y lanzarse a realizar obras que contribuyan a mejorar este periodo difícil y duro en el que nos encontramos.

            Esto es lo que solicitamos a los educadores, especialmente a los padres, pero también a las autoridades civiles y eclesiásticas, a los medios de comunicación e incluso a las comunidades de vecinos, porque esos deseados hombres y mujeres fuertes, están arropados por todos esos ambientes. Luego, por favor, no se inhiban. Colaboren, trabajen, por el bien de la sociedad en la que nos encontramos. Y la mejor colaboración que necesitan los seres humanos del siglo XXI, es que ustedes sean coherentes con los principios básicos y también esenciales de la vida humana.


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