viernes, 29 de enero de 2021

DE DÓNDE VINO EL PAPA SAN JUAN PABLO II


 El Papa San Juan Pablo II aglutinaba en su personalidad un decisivo espíritu sacerdotal unido a un alma laical. Efectivamente, ya en su juventud fue un laico cristianamente comprometido antes de iniciar los estudios eclesiásticos. No debemos olvidar aquellos años de juventud en los que parte importante de su tiempo libre lo dedicaba al deporte y al ejercicio del teatro, siempre muy unido a un buen grupo de excelentes amigos.

Su sentido de la vocación bautismal le hizo comprender que la santidad no es para vivirla en el templo. Comprendió la importancia que tenía el trabajo, la vida de familia y la amistad como situaciones en las que se desarrolla y madura la santidad personal. Por eso, veía con claridad, que la santidad no es la asistencia del domingo a misa y hasta el domingo siguiente.

Tenía un alto concepto de la amistad y su cultivo fue una de las directrices más decisivas de su vida.

Aquellos años de trabajo y estudio fueron decisivos en su formación. La espiritualidad carmelita, especialmente por medio de S. Juan de la Cruz y de Sta. Teresa de Jesús, fueron grandes focos de luz para él. A ello añadió un amor y devoción exquisito a la Virgen María, con la que siempre se sintió muy acompañado en toda su vida.

La historia de su patria fue otro motivo de importante formación. Largos años en los que su amada Polonia estuvo sometida a los nazis, para pasar a continuación a ser un país bajo la dirección de Rusia.

Interiormente se rebelaba ante la tristeza, la opresión, el drama, la fatalidad, la depresión y percibía certeramente que la solución estaba en redescubrir a Jesucristo.

La fuerza de su vida pastoral en su patria y del pontificado de más de veintiséis años, de profunda unión con Cristo, nos han dejado la impronta de su estilo, de sus escritos y alocuciones que han formado una huella extraordinaria en el final del siglo XX y en los comienzos de este siglo XXI. André Frossard escribió refiriéndose al polaco cardenal Wojtyla: “Este no es un Papa venido de Polonia. Es un Papa venido de Galilea”.

 

domingo, 24 de enero de 2021

DOS ESTUDIANTES


Peter Berglar, doctor en Medicina y en Historia, Profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia, escribe en un artículo un simpático encuentro con dos estudiantes de su Universidad.

Ocurrió hacia finales del semestre universitario del invierno 1973/74. Acudió a mi despacho en la Universidad un estudiante que quería consultarme sobre diversos puntos referentes a mis clases. Al terminar, me espetó la siguiente pregunta: “¿Cree usted, señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?” Me encontré un poco desconcertado, pues en la Universidad casi nunca se tratan tales temas; los estudiantes nunca nos los plantean; están considerados como poco científicos. Ya que pregunta tan directamente -contesté- sí, lo creo. Y seguimos conversando un rato sobre el tema.

Pasaron meses hasta que volví a encontrar al estudiante. Me pidió que continuáramos la conversación y dijo que quería venir con un amigo, también estudiante, de historia del arte. Ese coloquio entre tres tuvo lugar en mi casa. Disfruté de lo lindo desarrollando ante ambos mis elucubraciones sobre el problema de la Providencia divina y de la libertad humana en la historia. Gente simpática -dije a mi mujer cuando se habían ido- irradian un algo alegre y nos hemos reído juntos.

Hasta aquí la narración del profesor Berglar.

Pero este episodio me hace recordar también mi juventud. Tenía yo veinte años, cuando junto a mi grupo de amigos decidimos fundar y escribir una revista. Yo me encargué de un artículo sobre la juventud. No recuerdo el título que le puse. Pero, sí que en él hacía una defensa de la juventud, de sus ilusiones y de sus deseos, aspiraciones y convicciones. Quería resaltar en aquel escrito que, la juventud también tiene y defiende planes, objetivos y empresas nobles. No sé que logré, porque no es fácil conocer el impacto que tienen las palabras. Sí sé, que fue valioso para mis amigos. Sin conocer entonces a los dos estudiantes de Colonia, nunca he llegado a conocerlos; mi manara de ser tenía, sin embargo, cierto parecido con el talante de aquellos dos audaces aventureros.

Y termino. Ciertamente hay una juventud, también ahora, que se enreda en aventuras trágico-cómicas, por llamarlas sin echar más leña al fuego; pero también está la otra juventud, la que aún hoy, tiene un claro y certero parecido con aquella que yo quise retratar porque existía y existe.

domingo, 10 de enero de 2021

LA EDUCACIÓN DE RODOLFO


 Rodolfo con trece años, es el segundo de una familia con cuatro hijos. Cursa segundo de Secundaria en el colegio International School de Salzburgo, ciudad en la que nació y en la que vive con toda su familia.

Aunque su ciudad tiene unos ciento cincuenta mil habitantes, él se maneja muy bien casi por toda ella. Vive cerca de la plaza Residenzplatz y se reúne con sus amigos en la plaza de la catedral o en la Mozartplatz.

En algunas ocasiones, sus padres lo llevan junto a algún otro hermano, al palacio Mirabell a asistir a un concierto.

Con relación a sus estudios, Rodolfo es un chico laborioso y tenaz. Es disciplinado en el colegio y dedica horas en su casa, preferentemente por las tardes, en la preparación de temas de estudio o exámenes. Sin embargo, sus calificaciones, sin suspender, no tienen una relación apropiada según el tiempo, el esfuerzo y el trabajo que él le dedica. Pero esta contrariedad no le afecta seriamente, él continua animosamente con sus trabajos y tareas.

Siempre fue un niño con no mucha destreza en motricidad. Quizá por eso, a la hora de elegir un puesto en el equipo de fútbol en el que juega con sus amigos, optó por el de portero. Y aunque no es un portento parando balones, sus amigos le estiman y desde luego le mantienen como su único e indiscutible portero.

La relación con sus padres y hermanos es excelente: es dócil, entusiasta y positivo. Con todos se lleva bien. Le gusta servir en diversos momentos de la vida familiar: preparación de la comida o de la merienda, aceptar la sugerencia de otro sobre el programa para ver en la televisión. Es un niño, ya un adolescente, que no crea problemas.

Sus padres le observaban. Su madre, mejor observadora, le comentaba un día a su esposo: No sé si te has fijado en Rodolfo que, aunque no destaca especialmente en estudios ni en deportes, sin embargo, él no se desanima y a pesar de las frecuentes frustraciones que le llegan, continúa perseverantemente en sus tareas. Pienso, continuaba hablando su madre, que gracias ese espíritu que tiene de chico constante y positivo, se ha ido confeccionando un carácter sólido. No hay más que observar lo bien que sabe autodominarse.