jueves, 22 de diciembre de 2016

CAMINO DE BELÉN



            María y José dejan Nazaret. Emprenden el camino hacia Belén. Unas tres jornadas de caminar. María va recogida, medita en el muy próximo Nacimiento de su Hijo. José, respeta su recogimiento y le acompaña con el silencio. Los ángeles, Gabriel también, con una presencia no visible, permanecen junto a ellos.
            María medita en la Encarnación del Verbo. A su mente vuelve una y otra vez lo ocurrido hace nueve meses, momento en el  que el ángel Gabriel le anunció el mensaje de la Santísima Trinidad con relación a su maternidad.
María se detiene en considerar la humillación a la que se somete el Verbo tomando carne humana para la salvación de toda la humanidad. Y piensa y habla con el Creador, sobre el gran amor de Dios, que es la causa del anonadamiento del Verbo.
De vez en cuando, mientras continúa ascendiendo hacia las tierras de Judá, el Niño se mueve en su seno virginal.
Sin saberlo José, sin saberlo María, sin embargo, hay momentos en los que sus pensamientos siempre en un silencio contemplativo, confluyen, y los dos meditan y exclaman interiormente: ¡Ven Señor Jesús!
La primera jornada finaliza y buscan un lugar en el que descansar.
Al día siguiente, la segunda jornada de este caminar único en la historia. María  dedica las horas a contemplar y meditar las palabras del ángel Gabriel: será llamado Hijo del Altísimo. Su trono será el de David y su reino en la casa de Jacob no tendrá fin.
José continúa respetando con su silencio, la oración de su esposa. Hace frío.
Están en el mediodía mientras atraviesan Samaria. Cerca está la ciudad de Sicar. Lo mejor es acercarse al pozo y descansar y tomar algunos alimentos. Así lo hacen. José saca agua del pozo. Bebe y da de beber a María. Después, también beberá el burrito. Apagadas la sed, José vuelve a sacar más agua, con la que se lava la cara y en ese momento, nota algo extraño en su rostro y en todo su cuerpo. Su corazón se acelera. Comen y descansan. José sentado y apoyado sobre un árbol, se adormece. Y sueña. Minutos después, ya despierto, dice a María: He tenido un sueño.
Su esposa responde: ¿Qué te ha dicho el ángel?
-          ¿Cómo sabes que en el sueño ha venido un ángel?
-          Lo he visto, añade María.
-          Dice que el agua con la que me he lavado es la gracia.
Continúan el camino hasta que el sol comienza a declinar. Y nuevamente, como en la noche anterior, buscan un lugar resguardado en el que pasar la noche.
Al día siguiente, tercera y última jornada. María la dedica recitar  a meditar el Magníficat.
Llevan tres horas de caminar y ya divisan Jerusalén. Pero no se van a detener en la capital. Continuarán con dirección a Belén. Dos horas más y habrán llegado.
El cielo se ha cubierto de abundantes nubes. El frío es helador. Comienzan a ver las primeras casas de la ciudad de David.
Enseguida hay que buscar alojamiento. La ciudad está superpoblada. El empadronamiento ha dado lugar a esta invasión de belenitas que vuelven a su origen para cumplir con el mandato de César Augusto. No hay forma de encontrar donde pernoctar.
Un conocido de José le aconseja salir de la ciudad y pasar la noche en una de las cuevas del exterior. Al final, es lo que hacen. En una de ellas se instalan.
José comprueba que el  frío ha aumentado. Deja a María en la cueva mientras sale a buscar leña. Un poco de fuego hará que la noche sea menos cruda.
Minutos después regresa llevando un hatillo de leña y al entrar en la Cueva, ve a María con el Niño en sus brazos. Jesús  acaba de nacer.
José se arrodilla ante el Niño, le besa y le adora.
Yo soy un pobre pastor, sólo tengo un miserable establo, un pequeño  pesebre, algunas pajas; os lo ofrezco todo, dignaos aceptar este pobre tugurio. Apresúrate, Jesús, aquí tienes mi corazón; mi alma es pobre y está desnuda de virtud, las pajas de mis innumerables imperfecciones te herirán, te harán llorar; pero, oh mi Señor, ¿qué queréis? Esto es lo poco que tengo. Tu pobreza me conmueve, me enternece, me arranca lágrimas; pero no sé ofrecerte otra cosa mejor. Jesús, embellece mi alma con tu presencia, adórnala con tus gracias, quema estas pajas y transfórmalas en suave lecho para tu cuerpo santísimo”.  Oración del seminarista Ángel José Roncalli (S. Juan XXIII), el 24 de diciembre de 1902. 

¡FELIZ NAVIDAD 2016!                                                          JGC.

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