domingo, 24 de junio de 2018

EL AMOR, UNA RESPUESTA A LOS VALORES



La belleza, la elegancia, la gracia y el encanto femenino son valores que suele poseer la mujer. Pero su mayor valor es su propia persona. Más claramente, su personalidad. Es también, su carácter, temperamento, capacidad comunicativa y sus emociones y capacidad afectiva, lo que le hace muy especialmente atractiva, y por consiguiente de un gran valor.
Así pues, del mismo modo que un buen campo, una buena tierra, recoge con placidez el agua y el sol, y ella responde devolviendo el bien recibido por medio de una excelente y rica floración y frutos. Igualmente, al contemplar el hombre, el tipo de mujer arriba señalado, su respuesta es caer en el encantamiento, y tras él, en el amor. Por eso, el encantamiento del amado está esencialmente unido al amor.
El amante ha comprendido que aquellas cualidades enumeradas en la mujer son valores. Valores que le llenan, le atraen, le llevan a ella. Ciertamente, al valor se le pueden dedicar varias respuestas afectivas: admiración, entusiasmo, agrado;  pero cuando el amor es fruto del valor, esta otra respuesta afectiva se da porque hay un bien que ha sido percibido.
El verdadero amor posee dos rasgos fundamentales: es unitivo y benevolente.
El amante aspira a la unidad, no sólo física, también personal y espiritual.
Y es benevolente cuando busca, quiere y logra el bien de su amada. Los italianos lo expresan muy bien: “Ti voglio bene”, dicen. Te quiero bien. En ese momento estamos ante el amor verdadero.
El proceso de la mujer hacia el hombre tiene algunas ligeras variaciones, pero en lo esencial, también ella, es atraída por las cualidades, los valores que va descubriendo y estimando en él.
Tanto en el caso del hombre ante una mujer y el de la mujer ante un hombre, y teniendo en cuenta las consideraciones apuntadas, se produce un fenómeno de gran trascendencia: el encuentro. ¿Qué es el encuentro?: “Vemos una cosa o persona, percibimos su modo peculiar de ser, su grandeza, su hermosura, su menesterosidad, y así sucesivamente; y enseguida, como un eco vivo, algo responde a ello en nosotros mismos, algo se pone alerta, se levanta, se despliega”. (R. Guardini)
En el amor, cada sujeto aporta algo suyo, lo mejor que posee. El amor pertenece al amado  no solamente por su belleza integral. Es más, abarca su persona real como tal. El amante entrega a la persona amada su corazón. Es la vida de Wesly en la Princesa Prometida.
Y por el contrario, la ausencia del amado, de la amada, es sufrimiento.  San Juan de la Cruz lo expresa hermosamente así:
“La dolencia de amor no se cura
sino con la presencia y la figura”.
(Cántico espiritual. Habla la esposa).

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