lunes, 24 de abril de 2017

LA AVENTURA DE LOS HIJOS


Los familiares y amigos de Carmen y Javier aún recuerdan con enorme alegría la ceremonia matrimonial y el banquete que los dos habían organizado para esa gente tan querida para ellos. Veinte días después del evento, los novios regresaron de su viaje de boda y comenzó la vida ordinaria y cotidiana. Carmen, dando clases en el Instituto de la localidad y Javier, contable de la fábrica azucarera, también del mismo pueblo.

Tres meses después, al llegar Javier a casa una vez finalizado su trabajo, Carmen le estaba especialmente esperando.

-Tengo una noticia, comenzó afirmándole. Esperamos un hijo.
- Pero, si habíamos convenido en retrasarlo unos meses, anunció Javier.

Sin embargo, pasado estos primeros segundos, el joven marido también se alegró. Besó a su esposa y decidieron que el próximo fin de semana lo celebrarían saliendo a cenar fuera.

El embarazo fue normal y a los nueve meses tuvieron en sus brazos a su primogénito Carlos. Niño gordito, precioso y algo chilloncillo. Lo de chilloncillo fue lo peor, porque no era fácil que dejara dormir a sus padres. Era un tragoncete que cada dos o tres horas aparecían sus gritos pidiendo comer. Pero por otra parte, los esposos se llenaban de felicidad mirando a Carlos en los pocos ratos que permanecía dormido. Con un año, comenzó a dar los primeros pasos y a dulcificar la vida de sus padres con sus risas y primeros sonidos guturales distintos a los chillos.

Pero, justamente ahora que todo marchaba más entonado, Carmen anunció un segundo embarazo. Y esta vez Javier, no se lo tomó con tanta alegría.

-Solamente llevamos dos años casados y ya un segundo hijo, afirmaba entre la nostalgia y el disgusto.

Y nació una niña: Sonia. A ellos les pareció que era la niña más bonita del mundo. Probablemente lo era. Pero Carlos no reaccionó nada bien. Volvió a ser un chillón, a romper todo lo que encontraba y podía, a pegar a Carmen y a hacerse la caquita en distintos rincones de la casa, cuando ya llevaba unos meses que la tenía controlada. El comportamiento de Carlos quebraba todo rato de descanso. Por si fuera poco, no era posible acostarle y que se durmiese. Cada noche Carmen y Javier se alternaban y conseguían que Carlos durmiese unos minutos y siempre en brazos. Se despertaba, chillaba, una hora después se volvía a dormir quince o veinte minutos y nuevamente en brazos de uno de sus padres, intentando que  callase para que no despertase  a su hermana y al cónyuge que esa noche le tocaba descansar.

-Tú que te dedicas a educar, intervino Javier, podías haberme anunciado lo que nos podía suceder. Me imagino que te estarás planteado, como me lo planteo yo, que por ahora, no más hijos.
-Javier, es cierto que Carlos nos ha salido especialmente nervioso y dominante, pero los niños son así. Cambian con los años y siempre es una maravilla estar acompañados de hijos. He comprado un libro que me han recomendado, se llama “Dulce hogar”, publicado en Palabra. Me gustaría que lo leamos los dos. Me lo han elogiado mucho.


Leyeron el citado libro, hablaron con amigos sensatos y maduros, y todo fue de mejor a superior. Cinco años después nacía su cuarto hijo,  y Carmen y Javier habían crecido en entrega matrimonial y en felicidad. Javier se desvivía por su esposa e hijos. Y Carmen aportaba a toda la familia,  ternura y cariño con su voz, sus miradas y sus sonrisas. En ese estado, aparecieron tiempos difíciles: algunos relacionados con la vida laboral de Javier; otros por las enfermedades de los padres de Carmen y a ello se añadía el comienzo de la preadolescencia de Carlos, con las peculiaridades propias de la etapa, acentuadas por el difícil carácter del primogénito. Pero Carmen y Javier se dedicaban con paciencia, sentido común, cariño y exigencias a la extraordinaria aventura de la educación de su numerosa familia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario