lunes, 12 de abril de 2021

EL ENCUENTRO CON EL AMADO, CON LA AMADA


 Hay un momento en el que hemos encontrado algo nuevo y grande. Algo o alguien que llena plenamente nuestro corazón. Lo tomo como un gran tesoro que a su vez me envuelve en una consumada alegría.

Es fruto de un influjo. Hay tres tipos de influjos: visual, verbal y personal. Este último es probablemente el más satisfactorio. Es posible, siempre que evitemos la estrechez del corazón y le demos todo el aire posible. Como dice Hildebrand: “Tener el corazón capaz de amar, un corazón que puede conocer la ansiedad y el sufrimiento, que puede afligirse y conmoverse, es la característica más específica de la naturaleza humana. El corazón es la esfera más tierna, más interior, más secreta de la persona. Cuánto más grande y profunda sea la capacidad afectiva del hombre, mejor”.

Amar es salir de uno mismo para el encuentro con otra persona. Es la persona que se realiza amando, porque ser persona es amar. Parafraseando a S. Agustín, podemos cantar “le busqué y le busqué y lo encontré dentro de mí”.

Lo encontrado, ¿qué es?: la bondad, y con ella, la belleza. En suma, es el encuentro pleno con la persona amada. Y eso, es de una belleza inmensa. Fruto de la afectividad, de la inteligencia y de la voluntad. El poeta Rainer María Rilke, lo supo expresar muy bien: su amigo entregó una limosna a una mendiga, él, allí mismo, le entregó a la misma persona una rosa.

Una condición del verdadero amor es la espera. La espera es un acto de amor anticipado, un acto de amor hacia esa persona con quien queremos y podemos acabar compartiendo la vida. La educación, los afectos, los sentimientos y la razón preceden y acompañan al amor verdadero. Este “encuentro” es tan grandioso que Wesly, el joven enamorado de la “Princesa Prometida”, le dice a su amada: “El amor es más fuerte que la muerte. La muerte no destruye al amor, solamente lo aplaza”.

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