jueves, 12 de marzo de 2020

UN HOMBRE BUENO



Robó unos mendrugos de pan para alimentar a sus sobrinos y a su hermana viuda. La consecuencia de esa acción fue cárcel y diecinueve años en trabajos forzados.
Al cumplir la condena, volvió a robar. Pero la víctima del robo le perdonó y este hecho le cambió la vida. Este perdón, le transformó y pasó a ser un hombre trabajador y preocupado por las necesidades de sus semejantes. Una vez recuperado, pudo hacerse con una pequeña empresa en la que daba trabajo a unas decenas de personas. Atendió las necesidades de unas de sus empleadas, la apoyó en su enfermedad y fallecimiento. Y antes de que ella muriese, le prometió que cuidaría de su hija de apenas cinco o seis años. Así hizo.

Durante todos estos años sufrió la persecución policial de quien estimaba que no podía haberse redimido. Una persecución extenuante, continúa, agotadora y extremadamente celosa.

Aquella niña que, él adoptó, creció y se enamoró. Y él, socorrió al novio de la chica cuando salió mal herido en una refriega estudiantil.

El día que celebraba el casamiento de aquella amada niña, extenuado, agotado, gastado, percibió que el final de sus días se acercaba y minutos antes de su marcha definitiva reflexionó y oró sobre todos aquellos sucesos y decía: “Señor, escúchame. Voy junto a ti. Dónde estás quiero ir yo. Llévame hasta allí. ¡Sálvame! Soy un hombre que aprendió a amar. Y amar a otra persona es contemplar la faz de Dios”. Fue un hombre bueno: Jean Valjean (Los miserables).

Varios siglos antes, otro hombre bueno también se despedía de forma parecida. Decía: ”Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. En tus manos entrego mi espíritu; y diciendo esto expiró”.

Otros muchísimos hombres buenos caminan por nuestro mundo. ¡Qué alegría dan! Pero otros miles más son precisos. Son de urgente necesidad.


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