viernes, 8 de febrero de 2019

EL PODER DE LA PALABRA














La palabra, tanto si es oral, escrita o pensada,  cuando es auténtica y real, tiene un importante papel en la comunicación, en la conducta, en la elaboración de las ideas y en la construcción de la propia personalidad. Mediante la palabra, nos entendemos, comprendemos y conocemos y fortalece nuestros lazos afectivos. Es necesaria para ponerse de acuerdo. Teniendo paciencia ante lo desconocido u oscuro.
A propósito de la palabra y de la idea, la filósofa judío-alemana, Hannah Arendt, que  trabajó como reportera cubriendo el juicio a Adolf Eichmann, el nazi que organizó el genocidio contra los judíos escribe en “La banalidad del mal”, refiriéndose al carnicero nazi, lo siguiente: “No era un estúpido; era, simplemente, un hombre que carecía de ideas (algo muy distinto de la estupidez) y esas falta de ideas lo había convertido en un individuo predispuesto a convertirse en uno de los mayores criminales de su tiempo. Y si esto es banal e incluso grotesco, si aun poniendo nuestra voluntad no conseguimos descubrir en él una profundidad diabólica o demoniaca, eso no quiere decir que su situación y su conducta fueran comunes. (…) Ese alejamiento de la realidad y esa falta de ideas pueden ser mucho más peligrosas que todos los instintos malvado que, quizá, sean innatos en el hombre”.
La palabra y las conexiones de unas y otras, construyen frases, que previamente se han originado en la mente, dando lugar a ideas nuevas o a recordar otras ya conocidas. Las ideas y los conceptos son necesarios en la vida humana.
Federico de Prusia visitaba la cárcel de Spandau y preguntaba a los presos la causa de su condena. Todos se declaraban inocentes, Sólo uno reconoció su delito y la justicia de su condena. El rey dijo entonces: “Un criminal como tú no debe estar entre tantos inocentes. Coge tu petate y vete: estás libre”.
La palabra cuando es correctamente utilizada, y conformada con la realidad, no olvidemos que la realidad es la verdad, ejerce  poder. Ofrece el ejercicio de humanizar al hombre, de facilitar el gozo de la vida.  Así lo entendieron los clásicos, cuyo seguimiento es tan favorable para el buen conocimiento.
Insisto sobre la verdad. La verdad es adecuación del entendimiento a lo real. La consecuencia es que debemos asegurarnos de que nuestros pensamientos se corresponden con la realidad. En este momento me viene el recuerdo de una entrevista que Solzhenitsy, escritor e historiador ruso, Premio Nobel de Literatura en 1970, crítico del socialismo soviético, que contribuyó a dar a conocer el Gulag, el sistema de campos de trabajos forzados de la Unión Soviética en el que él estuvo preso desde 1945 hasta 1956, concedió al The Times el veintitrés de mayor de mil novecientos ochenta y tres. Se expresaba así: “La meta de la existencia del hombre no es la felicidad, sino el crecimiento espiritual”.
Cuenta Plutarco que un célebre fisonomista, estudiando los rasgos de Sócrates, lo definió como entregado a la embriaguez, a la violencia y a los vicios más viles. Enterados los discípulos de Sócrates de aquella aseveración, quisieron matar al fisonomista por la ofensa, pero  el maestro los calmó diciendo: “Tiene razón este hombre: yo sería todo lo que él dice y más, si no me hubiera consagrado al estudio de la Filosofía, que me liberó y renovó”. Esta es la enorme importancia que Sócrates atribuía al estudio de la palabra y de las ideas.

Palabras e ideas que también son camino hacia el encuentro con la bondad y la belleza. Si las cosas bellas tuviesen el don de la palabra y de la idea, no dejarían de hablarnos, de preguntarnos, de orientarnos. Porque todo lo bello se da, se entrega a su admirador. 

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