sábado, 25 de abril de 2026

LOS CIEGOS VEN. 1

 

UN LIBRO

La ceguera, esa total privación de la vista, hoy, es en algunos casos solucionable gracias a los trasplantes y a otros adelantos de las ciencias. También hay un tipo especial de solución para ver, debido a que hay cosas o situaciones en los que no es necesario el ojo: son momentos en los que se ve con el corazón. Ya lo dijo el Principito: hay cosas que sólo se ven con el corazón.

Doy testimonio de conocer a varias parejas de enamorados que como atracción no utilizaron la vista, sino el corazón. Y son muy felices. Porque indudablemente el corazón tiene una especial capacidad para dejar ver lo más íntimo de la persona y esta cualidad es muy necesaria en ciertos momentos de la vida.

Uno de esos momentos es ver un libro. Se han escrito y publicado millones de libros de toda las especies, tipos y caracteres. Sin embargo, tener en las manos o antes los ojos un libro -ese libro que es único, imprescindible- de esos no hay tantos: unas decenas, si acaso.

Un libro que impresiona, que atrae, que llena, que trasciende la vida de miles, millones de personas… Ese sí es un libro.

Pues bien, doy fe de conocer uno de esos escasos libros. De haberlo leído, una, cien veces, de tenerlo en un lugar destacado y concreto de mi casa, de prestarle una gran estima, de utilizarlo con frecuencia, de hablar de él, de recomendarlo, de quererlo, en el sentido más auténtico de “querer”.

Es un libro del que quiero hablar en lo sucesivo y con frecuencia. Su nombre es el Cuarto evangelio. Su autor: el apóstol Juan Zebedeo.

Para ir haciendo boca, cito lo que dice S. Agustín del tal libro: Al oír las palabras: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”, sepáis que habéis levantado los ojos a lo alto… llena tu corazón en la fuente donde el evangelista llenó el suyo. (Agustin de Hipona. Tratado acerca del evangelio de S. Juan, 1, 7).

Prometo continuar escribiendo sobre “los ciegos ven” y un libro.

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