Se tolera el mal, no el bien: el bien se ama y se promueve.
Imaginemos una boda. El sacerdote pregunta al novio de la siguiente manera:
Fulanito, ¿toleras a Menganita como legítima esposa? No. Eso es un disparate.
La pregunta correcta podría ser: ¿Amas a tu futura esposa? De la misma manera,
no es correcto reclamar tolerancia para hacer alguna de las muchas acciones
buenas que realizarse son posibles, por ejemplo, ir a un templo o iglesia a
rezar, atender las necesidades básicas de una persona enferma, etc.
La correcta tolerancia tiene su fuente en la persona madura.
No en el hombre débil. Porque cuando se quiere una buena respuesta a los
problemas morales (sexo, divorcio, fraude, corrupción), no se pregunta la
solución a quién no vive bien el sexo, el matrimonio, la honradez en el trabajo
… sino justamente a quién sí los vive. Y este suele ser el hombre maduro.
Persona madura, decía S. Agustín que, es la que tiene orden
en sus amores. Así que esa madurez se puede observar en el trabajo, en la
familia, en la novia, en una afición, en los deberes cívicos, en las relaciones
de amistad. En todo aquello que amamos.