domingo, 16 de agosto de 2026

LOS CIEGOS VEN 14


 

El Espíritu Santo, maestro.

También dice Jesús: El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os enseñe y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14, 26). Dice Jesús que el Espíritu Santo debe ser nuestro docente: el que nos enseñará todo. Es decir, tenemos el Espíritu, pero nos dejamos guiar por nuestra voluntad. Cuando lo que debería ser es dejarnos guiar por la voluntad del Espíritu. Se presenta un momento importante en la vida, hay que tomar una decisión decisiva. Lo lógico será acudir al Espíritu que está en nosotros y dejarle que Él nos guíe. Así de sencillo.

El Paráclito viene en nuestra ayuda cuando tenemos necesidad de ser sostenidos, animados o aconsejados. Es en el cielo, un intercesor y defensor de los pecadores. S. Juan considera el Espíritu como una persona divina. Y hace el papel de una persona: da testimonio (XV, 26), glorifica al Hijo (XVI, 14), es guía (XVI, 13), doctor (XV, 26), abogado (XVI, 8-11); todas ellas atribuciones de persona.

El Espíritu Santo es persona que se distingue realmente del Padre que le envía (XVI, 26) y del que procede. Se distingue también del Hijo al que remplaza (XVI, 7) y recuerda a los Apóstoles lo que el Hijo les ha dicho (XIV, 26). Glorifica al Hijo (XVI, 13-14). Habita con el Padre y el Hijo (XIV, 23).

El Espíritu Santo es la sabiduría. Él no nos fallará. Pero Él se sirve de toda la siembra que haya sido efectuada: Bienaventuranzas, parábolas de la misericordia, los preceptos del Sermón de la Montaña, el mandamiento nuevo… los salmos. Tenemos mucho y muy buen material a nuestro alcance para tener muy vivo el Espíritu en nuestro corazón. Debemos utilizar esa gran riqueza.

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