UN LIBRO
La ceguera, esa total privación de la vista, hoy, es en
algunos casos solucionable gracias a los trasplantes y a otros adelantos de las
ciencias. También hay un tipo especial de solución para ver, debido a que hay
cosas o situaciones en los que no es necesario el ojo: son momentos en los que
se ve con el corazón. Ya lo dijo el Principito: hay cosas que sólo se ven con
el corazón.
Doy testimonio de conocer a varias parejas de enamorados que
como atracción no utilizaron la vista, sino el corazón. Y son muy felices. Porque
indudablemente el corazón tiene una especial capacidad para dejar ver lo más íntimo
de la persona y esta cualidad es muy necesaria en ciertos momentos de la vida.
Uno de esos momentos es ver un libro. Se han escrito y publicado
millones de libros de toda las especies, tipos y caracteres. Sin embargo, tener
en las manos o antes los ojos un libro -ese libro que es único, imprescindible-
de esos no hay tantos: unas decenas, si acaso.
Un libro que impresiona, que atrae, que llena, que trasciende
la vida de miles, millones de personas… Ese sí es un libro.
Pues bien, doy fe de conocer uno de esos escasos libros. De
haberlo leído, una, cien veces, de tenerlo en un lugar destacado y concreto de
mi casa, de prestarle una gran estima, de utilizarlo con frecuencia, de hablar
de él, de recomendarlo, de quererlo, en el sentido más auténtico de “querer”.
Es un libro del que quiero hablar en lo sucesivo y con
frecuencia. Su nombre es el Cuarto evangelio. Su autor: el apóstol Juan
Zebedeo.
Para ir haciendo boca, cito lo que dice S. Agustín del tal
libro: Al oír las palabras: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba
en Dios, y el Verbo era Dios”, sepáis que habéis levantado los ojos a lo
alto… llena tu corazón en la fuente donde el evangelista llenó el suyo. (Agustin
de Hipona. Tratado acerca del evangelio de S. Juan, 1, 7).
Prometo continuar escribiendo sobre “los ciegos ven” y un
libro.




