UN NIÑO NOS HA NACIDO
Escribe el
apóstol Juan: Escribo estas cosas para que creáis que Jesucristo es el Hijo
de Dios. Esta es la razón y finalidad de su evangelio. Este es su motivo
principal y único: se puso a escribir para dejarnos unas señales que fortalecen
nuestra fe.
Y continúa:
Al principio era el Verbo,
y el Verbo estaba en Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba al principio en Dios.
Todas las cosas fueron hechas por Él,
y sin Él no se hizo nada de cuanto ha
sido hecho.
En Él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
Vino a los suyos,
pero los suyos no le recibieron.
Mas cuantos le recibieron
dióles poder de venir a ser hijos de
Dios.
Y el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros…
Con este principio, San Juan da plenamente en el clavo. Es
decir, clava las ideas fundamentales sobre Jesucristo, enseñanzas vitales para
la vida cristiana.
El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el
amor de Dios. (CEC. 458).
San Agustín decía: Al oír las palabras: En el principio era
el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios, sepáis que habéis
levantado vuestros ojos a lo alto.
Quería decir: dejaos de monsergas y tonterías y considerad y poned
vuestros pensamientos en el Verbo de Dios.
Porque el Verbo estaba en Dios, era Dios. Una de las tres
personas divinas. Y por Él todo fue creado. Todo lo que existe, también los
seres espirituales proceden de Él. Y era la luz de los hombres. Luz que ilumina
a todo hombre. Es la luz de la fe. La mente necesita la luz de la verdad. La
presencia del Verbo es luz sin necesidad de lámpara. Todos los que lo reciben se
convierten en Hijos de Dios.
Y se presentó en la más absoluta niñez, para que fácilmente
le recibamos, le alimentemos, le demos calor, afectos y compañía.
Con el Prólogo de su evangelio, S. Juan nos invita a
participar en la vida divina al incorporarnos a Cristo, Cabeza de la Iglesia; a
llenarnos de Él y de su gracia.
Hasta el próximo lunes.

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