Las bodas de Caná.
La presencia de Jesucristo en las bodas de Caná ha sido
considerada por los Padres como señal evidente de que el Señor bendijo y honró
la institución natural que es el matrimonio, elevado por Dios a la categoría de
sacramento. Jesús convierte el matrimonio en camino de santidad Es también
símbolo de la unión de Cristo con la Iglesia.
Posee además el simbolismo, del amor de Yahwéh por su pueblo.
Los profetas hablan del amor y la boda de Dios con su pueblo. También es
símbolo que revela la dicha que espera al justo en la otra vida. También puede
considerarse como señal de la fiesta definitiva con Cristo.
Juan llama a las bodas
de Caná el primero de los signos, que además suscitó la fe de los primeros
discípulos. Era una fiesta humana en la que se celebraba la unión del hombre
con la mujer. La fiesta del amor. Una de las fiestas más lógicas. Es fiesta de
alegría. En ella, hombre y mujer abandonan las casas de sus padres para iniciar
una convivencia, que les llevará al cielo, siempre que sigan la voluntad de Dios
respecto al amor, la procreación y la educación de los hijos. Es la fiesta de
darse al otro: él conocerá el hermoso regalo que día tras día Dios le había
preparado: su cónyuge. Exactamente lo mismo le ocurre a ella. Regalo que para
apreciarlo en su totalidad es necesario vivir desvivido por el cónyuge.
El banquete nupcial sirve también para revelar al hombre el
gozo que espera al justo después de su muerte. Así nuestro Señor nos dirá que
el Reino de los cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo.
Es el banquete del Reino.
Ante el milagro, los discípulos creyeron en Jesús. Creer en
el Maestro produce un gran cambio. La fe vivida, unida a la trayectoria diaria
del creyente, transforma la persona.

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