lunes, 29 de septiembre de 2025

DESEO Y LIBERTAD INTERIOR


La clave reside, precisamente, en el control del deseo para mantener la libertad interior. Eso se logra mediante un correcto discernimiento del objeto de nuestros deseos. «Si deseas que tus hijos, tu esposa o tus amigos vivan por siempre, eres un estúpido ya que pretendes controlar cosas que no puedes y deseas cosas que pertenecen a otros. […] Pero si quieres que tus deseos no se vean frustrados, eso depende de ti. Ejercita por lo tanto aquello que está bajo tu control», declara en sus discursos. Desear que suceda algo imposible es solo fuente de frustración. Si consideramos el valor real de las cosas, entonces muchos de nuestros deseos se pueden ver atemperados. El ideal estoico es el del ser humano libre interiormente, en paz con el cosmos y consigo mismo ya que cumple su rol en el mundo y asume sus limitaciones.

Manuel Cruz Ortiz de Landázuri.

lunes, 22 de septiembre de 2025

¿POR QUÉ DESEO LO QUE DESEO?


En medio de esta vorágine de estímulos y oferta de placeres, es preciso dar con alguna solución práctica, siquiera para quien desee escapar de la dinámica imperante. Buena parte del problema reside en pensar que el deseo es un mero impulso arbitrario, algo que se deba satisfacer porque sí. En realidad, todo deseo tiene una génesis, su propia historia, y, a menudo, en su comprensión narrativa podemos situarlos en nuestra propia vida e incluso se atemperan o desaparecen. La pregunta fundamental es, por tanto, ¿por qué deseo lo que deseo? ¿Qué motiva ese deseo? ¿Cuál es el sentimiento de carencia que conlleva? Porque a veces se puede remediar la carencia por vías mejores que la pura satisfacción de un apetito puntual. La civilización del deseo consumista se ha erigido sobre la premisa de que hay que responder de manera inmediata a los apetitos, pero con frecuencia esos deseos revelan vacíos que es mejor solventar por vías más inteligentes que la satisfacción de un impulso.

Carlos Cruz Ortiz de Landázuri

lunes, 8 de septiembre de 2025

LA CULTURA DE LA SEDUCCIÓN

 

La civilización del deseo capitalista se ha desarrollado como una cultura de la seducción. Las sociedades siempre han manejado códigos para avivar el deseo (fiestas, vestidos, rituales, bailes, etc.). Lo curioso ahora es que la seducción se ha ampliado mucho más allá del encuentro erótico, ahora se trata de seducir al individuo mediante objetos de consumo y obligarle también a que se muestre seductivo en todas sus facetas vitales: «El consumidor se ha convertido en el sujeto más cortejado del planeta: ningún hombre ni ninguna mujer ha estado nunca tan solicitado en esta tierra», escribe Gilles Lipovetsky en Gustar y emocionar. La estrategia consigue el reclamo continuo de los individuos. El valor que anima la cultura se vuelve entonces el ideal del bienestar constante, sin que haya ningún valor espiritual o trascendente que pueda animar la vida de la civilización. Tampoco se da ya un poder rígido, sino un soft power que busca alimentar la sociedad del consumo a través del estímulo del deseo primario. En palabras de Zygmunt Bauman: «La sociedad de consumo medra en tanto y en cuanto logre que la no satisfacción de sus miembros (lo que en sus propios términos implica la infelicidad) sea perpetua».

Manuel Cruz Ortiz de Landázuri


jueves, 4 de septiembre de 2025

LA CULTURA DEL DESEO 2.

 

LA CULTURA DEL DESEO 2

El otro punto de inflexión que explica nuestra civilización del deseo lo encontramos en los cambios sucedidos a partir de Mayo del 68. En este caso, fue el pensamiento de una izquierda distinta al comunismo la que estimuló la revolución silenciosa. Herbert Marcuse, desde una posición que combinaba la teoría de Freud con el marxismo, se mostraba especialmente optimista respecto a la sociedad no represiva del futuro, idea que desarrolló en su libro Eros y civilización. Hasta ahora, pensaba Marcuse, hemos vivido en una sociedad represiva de los impulsos para garantizar la supervivencia pero ¿y si esto ya no fuese preciso? ¿Y si la sociedad de consumo permitiera una civilización no represiva, en la que tengamos garantizadas las necesidades vitales y no sea indispensable la represión? Entonces, podríamos desarrollar nuestro placer sin restricciones, como un puro juego en el que se fusionasen el trabajo, el ocio y la diversión. La idea tendría amplias resonancias en las revoluciones de Mayo del 68 y la posterior transformación de las sociedades occidentales.

Manuel Cruz Ortiz de Landázuri

domingo, 31 de agosto de 2025

LA CULTURA DEL DESEO 1


Cualquier ciudadano de las sociedades desarrolladas occidentales vive bastante mejor que un príncipe del pasado. Poder darse una ducha por las mañanas y tomar un café caliente es un auténtico lujo en la historia de la humanidad, apto solo para unos pocos privilegiados que han nacido en las sociedades avanzadas del siglo XXI. No digamos poder conducir un coche o pasar las vacaciones en la playa. Durante siglos, hemos tratado de hacer frente a las dificultades de la vida, hasta que la tecnología y la ciencia han permitido no solo la satisfacción de las necesidades más básicas, sino la creación de un mundo de entretenimiento. Ahora bien, resulta cada vez más patente que la cultura del capital ha generado una estructura de satisfacción de los deseos que, sin embargo, conduce a la completa insatisfacción de los individuos.

Manuel Cruz Ortiz de Landázuri

 

domingo, 6 de julio de 2025

LOS PARTIDOS Y SUS REUNIONES


Los partidos están de reuniones. Eso no significa que vaya a mejorar nuestra vida, ni que ellos vayan a mejorar. Pero están de reuniones. Tal vez hablen claro, muy claro sobre la vida, sobre los idiomas de España, sobre la corrupción, sobre los impuestos que sufrimos, sobre la libertad, la paz y sobre la persona. ¡Ojalá hablen sobre la persona!

La persona es un bien y desde luego no se puede considerar como un objeto de placer, con una finalidad utilitarista. La persona no es un objeto, no se le puede tratar como un objeto.  La persona es un bien que solo puede tratarse con amor, en el amor y en un clima de libertad, respetando toda su alta dignidad. 

lunes, 26 de mayo de 2025

SINFONÍA INACABADA


Es la número ocho en sí menor de Schubert. Comenzó su composición a principios de1822, cuando Schubert se encontraba en el cenit de su carrera. A finales de ese año, ya había compuesto los dos primeros movimientos y esbozado un tercero. Pero debido a una enfermedad, dejó de trabajar esta sinfonía.

Quiero referirme a la importancia de los trabajos inacabados o incompletos. Esas tareas, con frecuencia cotidianas, que no ven el final. Aunque esta misma denominación podemos atribuir a la labor acabada pero imperfecta. Tal vez, por presura, irresponsabilidad o inmadurez del autor.

Hay que considerar el trabajo humano, sea el que sea, con toda la propiedad y calidad que siempre debe tener. Es tan importante que, incluso frecuentemente a una persona se le denomina justamente con su nombre más el tipo de trabajo al que se dedica. Así, por ejemplo, decimos: Emilio el herrero; Joaquín farmacéutico; Ana modista;  Rosalía enfermera; Sergio pedagogo.

La acción que hay que realizar y que se realiza es el principio de un preciso juicio: realizó o no realizó la acción que le corresponde. La persona se revela a sí misma en la acción y a través de la acción. Su acción, su trabajo, manifiesta qué tipo de persona es.

Y como todo humano está conectado con una determinada tarea -también los que están en paro y la buscan, pues justamente en ese período, ese es su trabajo- esa labor es parte importante de su felicidad, más aún, de su bondad y verdad como cristiano.

Ahora bien, para el cristiano, el trabajo es factor ineludible de su santidad.

Sin embargo, tanto en el trabajo como en la relación con la divinidad, aparecen a menudo tareas inacabadas.

Voy a citar algunas: Los dos discípulos de Emaús abandonan el grupo sin haber llegado al final, a conocer qué ha sucedido realmente; Marta, duda de la posibilidad de que su hermano, Lázaro, vuelva a la vida; nueve leprosos recuperan la salud, pero con un cometido incompleto, inacabado…

También los hay que dan por resuelto perfectamente aquello en lo que se embarcaron: Bartimeo, Jairo, Zaqueo, la mujer cananea, etc.

Ofrezco mi reflexión: si el cristiano tiene con Dios una relación de reciprocidad, ¿por qué se limita con enorme frecuencia a presentar su solicitud a Dios y no espera qué le dice este su Dios y Padre? Es como si nos gustase demasiado lo inacabado, también en nuestra relación y trato con el Señor.

Claro que una relación inacabada, incompleta, con el Señor, tiene además una gran trascendencia.

Y, ¿si algunos comportamientos los tenemos desconectados del premio correspondiente?: “poseerás la tierra, si practicas la mansedumbre; verás a Dios, si tu conciencia está limpia; alcanzarás misericordia, si eres misericordioso; tendrás consuelo, si eres un sufriente; serás llamado hijo de Dios, si cultivas la paz”.

¡Vivamos con coherencia!: unidos a Cristo que nos enardece de bondad, de verdad, de paciencia, de esperanza… que nos pide acabar bien, lo que bien comenzó: ¿la vida cristiana?